Los gritos de mi madre me despertaron. Dormí casi cinco horas con el calmante que me inyectaron en el hospital. Estuve allí de nuevo porque tuve otra crisis y no quería continuar viendo las capas de piel de mi brazo en espera de encontrar otra cosa debajo.
Estoy algo sedada todavía, no me cuesta pensar pero mi cuerpo se siente muy lento. Es curioso que jamás he perdido la capacidad de pensar luego de una crisis, solo me cuesta, pero jamás he dicho alguna estupidez que nadie entienda estando bajo el efecto de las drogas.
Me han recetado sertralina otra vez pero con el doble de dosis, y risperidona.
No estoy de acuerdo con que me receten medicamentos y me dejen con ellos; me conozco y sé que ante la menor dificultad voy a usarlos en mi contra -como viene sucediendo hasta el momento, anoche dormí con una amitriptilina y cuatro clonazepam-.
No sé qué esperar de lo que pasa en la casa. Estoy oyendo conversaciones ajenas, risas. Sé que ha venido la amiga de mi madre, pero me parece que hay alguien más.
Nadie ha venido a mirar si estoy viva siquiera, aunque ese es un modo muy manipulador de poner las cosas. Siempre vienen mis hermanos a molestarme cuando estoy ocupada. Ahora es como si me hubiese ido de viaje, nadie abre la puerta, nadie grita mi nombre, nadie me llama para encontrar algo o para pedirme un favor.
A veces pienso que realmente podría desaparecer. Las cosas son simples. Estoy cerca del mar. Pero no estoy pensando con la cabeza, estoy pensando con la ira que de vez en cuando se apodera de mí. Si me suicidara, solo sería por rabia. Por una infinita rabia de injusticia, por comprobar que nadie se daría cuenta hasta mucho tiempo después.
Pero luego no habría nada. Siempre pierdo yo con todo esto. Solo pierdo yo sufriendo, solo perdería mi vida con ello. Nadie más perdería nada.
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