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Nunca emigré al final, y olvidé que tenía la costumbre de escribir. He redactado tantos informes como estar en cuarto año de universidad me permite, lo que no quiere decir que haya aprendido a escribir. Pero en algún punto de la soledad y el ocio siempre vuelvo y me paso por el blog, aunque últimamente lo haya tenido cerrado por motivos que solo le interesan a mi ego.

Pensé hace un tiempo en reseñar libros. Tenía algo más de tiempo, supongo que estaba de vacaciones. Aunque no mucha gente visita estos lugares recónditos en la Internet, me pareció que podía ser un hobbie interesante, que de paso ayudaría a mi memoria a recordar libros que he leído y releído pero que siempre olvido. (En serio, cuando alguien le diga que los antidepresivos o basuritas para dormir no tienen efectos a largo plazo, no le crea). 

Pensé en escribir sobre mi último amorío, (que terminó mal y bastante mal) pero nunca me dispuse a hacerlo porque en realidad nunca tuve nada que escribir sobre eso. La gente llega y se va. La gente entra por la puerta y yo los echo por la misma. Así es. 

Pero ahora último pensé (y por eso estoy tecleando ahora) que han pasado mil años y yo sigo casi igual. Estoy de vacaciones echada en la cama, rodeada de libros y he vuelto a dibujar. Tengo el pelo muy corto y me gusta. Pasé por bajadas de peso grandísimas, pero ahora estoy bien. Lo único que tal vez ha cambiado es que tengo cuatro gatos, un trabajo en la universidad, ya soy profesora y he comprobado que los quinceañeros no son las personas más desesperantes del mundo, sino los adultos. 

Algún día tendré algo realmente importante que contar... tal vez no, tal vez solo me conforme con venir a botar palabras sobre mí. 
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