Esa semana se hizo larguísima. El frío atormentó mi mente distante que se perdía en palabrotas recibidas antes de marchar, continuos mensajes de texto con lo mismo, y una amabilidad que más parecía sacada de un cuento que de una familia como la tuya.

Quién te va a contar sino yo, que apenas me bajé del bus pensé en que estaba cometiendo el peor error al involucrarte en mi desdicha. Pensé que me lo ibas a cobrar algún día, y qué lástima que ese día finalmente sí llegó. Esto y muchas cosas más son parte de las que no sabrás, a menos que en este momento hayas dado con mi blog. Qué alivio entonces, en el fondo no me quedaría con las cosas que necesitaba decirte antes que la rabia decidiera por mí.

A mí sí me marcó. No pasan cosas interesantes en mi vida, ni he viajado tanto en mi vida, menos por una razón de ese tipo. Sentí un vacío muy grande, porque no es normal que un completo desconocido te reciba en el peor momento de su vida. Estaba sola, y eso jamás dejaré de sentirlo; estaba absolutamente sola. De nada servían los consuelos si me juzgarían después, de hecho te sorprendería saber que aún lo hacen. Y no pasa por mi sensibilidad, sino porque fue el peor momento de mi vida, y no terminan de recordármelo cuando yo lo que más quiero es resurgir y olvidar que eso alguna vez pasó.

Desgraciadamente, esa semana, las anteriores y las posteriores, están ligadas en recuerdos. Tal vez por eso no puedo verlo como mi salvación. La depresión no se me curó cuando corrí contigo, y no era eso lo que andaba buscando. Quería paz y la tuve, aunque no pensé nada durante ese tiempo. Mi cabeza tenía una nube encima, sé que en algún momento me metí entre unos matorrales para cortarte una flor, que me hiciste correr mucho tras de ti por un amplio lugar, que insulté a un tipo en la calle por decirte un piropo.

No sé si fui exactamente yo durante esa semana, pero creo que fui más yo de lo que había sido en toda la vida.

Porque actué sin pensar.

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