Nunca antes había deseado que fuera lunes rápido, que llegara la semana para poder hacer cosas de semana... debí estar más preocupada en todo caso la semana pasada, pero no me atreví a decidirme y me quedé acá, con mi atado de lágrimas y un bolso lleno de desilusiones. ¿Por qué? podrán preguntarse, ¿por qué siempre tiene un camino doble y toma el más triste y solitario en vez del soleado y vigoroso? Yo responderé defendiéndome como siempre diciendo que no todos tenemos por qué ser iguales, y hoy estoy lenta y pálida, y no quiero tomar sol.
Desde la cajita con bolsas de té de canela no he pensado nada diferente, me recuerda levemente algunas tardes en Rocas de Santo Domingo, quizás por la madera asoleada y con olor a miel de sus paredes, por los árboles frutales, los aromas y las esencias eran frescas y amaderadas. El aire distinto, el viento meciendo los eucaliptos y botando sus hojas en el camino de maicillo hacia la playa, que no tenía el mismo olor salino ni la misma arena piedrosa de las playas de aquí. El cielo tenía otro color, era más verde. Los cerros y caminos residenciales eran todo cuanto podía soñar de la ciudad; ningún vestigio de ella. El sol brillaba cándido y pesaba de manera amistosa sobre las espaldas cuando caminaba al colegio en las tardes tempranas. Y la lluvia era liviana aunque torrentosa y hacía charcos que podías esquivar saltando en un juego invernal. Todo era igual pero diferente.
Debimos quedarnos siempre en Ciudad Luz, como el nombre que le dí en uno de mis abandonados intentos de libro.
Hoy trato de ver por mi ventana y sólo hay un muro gris, un cierro de madera y plantas quemadas por el frío y el viento y el sol... todo es dañino y hostil.
Aunque redecoremos este lugar mil veces, jamás podrá igualarse a ningún otro en el que antes viví.

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