La mort de son oisillon.

Ha llegado tarde sabiendo que algo le pasaba al avecilla, sólo la había sacado de la caja en la que la escondía para que tomara un poco de sol, y el ave feliz había paseado por su cuarto y elegido el lugar más soleado para abrir un poco sus alas y esponjar sus plumitas dormitando.
Ha llegado demasiado tarde, el ave pareciera esperarla cuando abre la cajita y encoge sus diminutas patas, con sus pequeños ojos cerrados y un frágil cuerpecillo inmóvil, que coge con las manos para intentar revivirlo. Se le empaña la vista acordándose que no debe llorar porque sabía que tarde o temprano iba a perderlo, como todo lo que adquiere por casualidad. El ave reposa su muerte en el temblor de sus manos y su cabecita cae en el último momento que esperaba compartirle. ¿Habrá sido el frío?...
Acobardándose ante la realidad pregunta por qué no dejan de venir criaturas a su encuentro, y se los arrebata la muerte de pronto.
Destrozada, abre la tierra húmeda del jardín para darle sepultura, escoge flores y adorna el nuevo hogar del alma de su pajarito muerto.
Retrocede sobre sus pasos y observa la escena: ya son dos adornos florales especiales en este jardín, y muchos otros en sus jardines pasados.






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