Humo y vapor.

Pensé en mi interior que tenía que caminar muy lento y relajadamente cuando me bajara del bus. Estaba a punto de que me diera un calambre, en cualquier parte, que me inmovilizara; no entendí por qué estaba tan tensa pero me decidí a revertirlo. Así que bajé normalmente, sentí como si mi estómago diese una vueltecita antes de bajarme; el malestar me acompañó toda la mañana.

Decidí ir a tomar desayuno sola, pensé en llamar a mi hermano y preguntarle si quería desayunar conmigo, pero recordé que salía más tarde que yo. Así que entre los diarios de la mañana, el café cortado y mis panqueques de naranja recorrí mentalmente lo que iba a hacer saliendo del café. No tenía muchos planes. Pensé en ir a reclamar por mi beca de mantención que tengo pendiente desde el año pasado. Pero me ahorré el mal rato, quería la mañana sólo para mi. Desayunando, miré a las personas que estaban dentro del pequeño recinto, mal dispuesto -mi suerte-, para fumadores. Había una mujer que estaba fumándose el último cigarrillo, imaginé yo, de una larga serie, pues varias colillas se juntaban en su cenicero y su alrededor estaba denso de humo. Me miró un par de veces; creo que mi observación le molestó. Un caballero amplio había llegado poco después que yo y me analizaba de igual forma, esperando su café. Más allá, detrás suyo, una muchacha había dicho ''no caballero, cómo se le ocurre, no me molesta'' con una voz demasiado pacífica para mi gusto, casi irónica, cuando él le preguntó si le molestaba tener la silla tan junta a la suya. Los lentes violeta de la joven me hacen recordar inmediatamente su cara. Junto a ella, había una mujer de edad, muy maquillada, y ninguna de las dos había dejado de fumar ni un sólo instante. Encendían cigarrillo tras cigarrillo en su charla de lo que supongo, eran madre e hija.

Una tercera persona se unió a aquella mesa, junto al ventanal que daba a la calle.

Al principio me quedé mirándole perpleja; me sorprende ese tipo de gente en la ciudad. Era una joven, no sé si mayor o menor que la anterior, de pelo muy corto y castaño, sus ojos eran un tanto rasgados pero no lo suficiente para tratarla de oriental -me recordó los almendrados ojos de mi gata-, su piel era muy blanca, casi enfermiza, tenía los pómulos altos y vestía un abrigo negro muy ceñido. No sé por qué la relacioné con la niña que se sube al bus de vez en cuando y que a simple vista parece un niño.

En la conversación que sostuvieron corroboré que la mujer era la madre de ambas, aunque no les noté demasiado parecido. Eso si; ambas jóvenes hablaban pausadamente, con un tono que podría advertirse burlesco al principio; luego entendí que era así su manera.

Traté de concentrarme en el exterior para no parecer tan curiosa. En realidad sólo les observé porque la muchacha del abrigo llamó mi atención. No insanamente; en cierto modo pensé que alguna vez yo quise verme como ella.

Mirando hacia la calle mis sentidos estuvieron atentos a un estruendo que resonó y atrajo a todos. Un auto había chocado al que tenía al frente, y luego al de atrás.
Una nube de humo blanco -peor a la de dentro del café- se extendió por la estrecha calle y varias personas se levantaron de sus asientos para ver qué había pasado.

Nada más que eso pasó; un choque -dos-.

Me levanté luego de dejar dos cheques en la bandejilla de la cuenta y salí sin mirar a nadie.

Hice mi recorrido de siempre, tomé una micro hasta el mall que a esa hora seguía tranquilo y me acomodé frente a los ventanales que desde el tercer piso muestran el primero, la calle. Hice un par de llamadas, saqué mi cuaderno y dibujé un par de trazos que se convirtieron en una panorámica. Tomé un libro y lo hojeé. Intenté calmar mi estómago; pensé que era el malestar, pero bajando por las escaleras mecánicas noté que tenía hambre. Se me pasaron las horas volando.

Me senté en la banca del paradero a esperar el bus. De a poco comenzó a llenarse de jóvenes que esperaban el mismo bus. Rebusqué con la mirada al subirme; me quedé en un asiento hacia el pasillo, al opuesto donde iba mi hermano, después de mirar distraídamente a sus compañeros y escuchar un rato su conversación. Adelante de ellos venía aquel tipo rubio que habla y se ríe tanto. Me puse los audífonos y miré a mi compañero de asiento; se parecía tanto a Iván que hasta me entraron ganas de abrazarle.

Creo que gran parte del viaje me lo dormí, porque no recuerdo nada más que mis apresurados pasos al bajar del bus para llegar rápido a la casa, notando que el malestar seguía ahí.

Sé que pensé en algún momento, al mirar por la ventana el sol que apenas brillaba entre las vaporosas nubes, que a la Camila le gustan tanto.

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