Lunes 6 de abril.

Este año no me ha costado levantarme temprano. Quizás si acostumbrarme al brusco cambio de temperatura cuando me levanto y camino por este oscuro pasillo hasta la ducha en la madrugada. Hace frío.

Pensé que no iba a alcanzar a hacer tantas cosas en un día, que iba a tener que postergar lo que yo más quería hacer hoy, pero mis fuerzas no flaquearon y pude hacer lo que deseaba.

Las clases se tornan pesadas y aburridas cuando pasamos las 5 horas seguidas escuchando al profesor. Solamente entonces puedo decir que me aburro, que me harto de lo que habla, de lo que estamos haciendo. Pero cuando no –y ahora son menos las veces pues el mismo profesor ha reconocido que le pasa la cuenta el cansancio de tantas horas- no es pesado, y no se me dificulta demasiado. Primer año…qué es primer año al lado de esto. Somos los más felices de toda la escuela.

Caminamos bastante buscando las cartulinas que queríamos. Y aunque no las encontramos, nunca está de más la conversa en Valparaíso después de una larga caminata bajo el sol y entre la niebla espesa y vaporosa que impide ver alrededor pero no inhibe el paso de los rayos del sol sobre nuestras cabezas. Es tan concisa la conversación que fluye con mis compañeras que siento que hay muchas cosas que quieren contarme, y muchas cosas que podría yo contar, pero hay ciertas cosas que mejor es callarlas, o decidir cuándo es el momento para decirlas. No me desagrada conversar últimamente. Sólo no me interesa la conversación banal y aburridora. Me coarta y me recuerda que quizás estoy aprendiendo a madurar.

Tenía muchas ganas de hablar con mi pequeña hoy, tanto porque era su cumpleaños como porque me como las uñas cuando no lo hago. No es que no pueda estar sin saber de ella; me fascina cuando me hace pensar como sólo ella sabe hacerlo. Hasta un insulto es un punto de partida que me impulsa a pensar. Yo no conocía a gente tan madura, a tan corta edad. Gente recatada, aterrizada, seria, si. Pero nadie con tal grado de madurez, no fingido.

A veces pienso que yo debería ser como ella. Pero luego me golpeo la cabeza; es imposible. Y no debo pensarlo. Cada cual con sus circunstancias y sus tiempos. Creo que yo jamás seré así. Me gusta hacer escándalo todavía.

Y que sólo ella, con su intelectualidad característica, me diga que le agrado así de escandalosa.






Martes 7 de abril.

A veces leo algo y me parece vivir lo que estoy leyendo. Puedo entender que algunas circunstancias se parezcan, porque el mundo es en realidad tan pequeño…

A pesar de eso, se siente extraño esta vez.

Como cuando Nowaki me mentía diciéndome lo mal que lo pasaba, siendo que no es más que una niña mimada que no hace nada por ella ni por nadie, y sólo buscaba una excusa para no quedarse sola…

Podría yo pensar que ella me está mintiendo esta vez, así como Nowaki.
Pero no he aprendido a desconfiar de ella todavía, y quizás nunca lo haré. Quizás… cuando deje de amarle.

Siempre se ha disculpado cuando deja entrever su lado sensible.

¿Por qué hay quien teme a que le vean llorar?


Anoche sentí, entre mi sueño y el desorden de mi cabeza, la necesidad de abrazarle, de tenerle conmigo siempre. De sacarla de ahí, de la vida que la rodea.

Todos vivimos en nuestro propio infierno.

Que me dañen a mi…ya sería lo de menos. Pero no soporto cuando lastiman a quien quiero…no lo aguanto. Es tal la impotencia que no sé qué hacer para siquiera dejar de sentirme así. No puedo hacer nada, absolutamente nada.



Y no quiero que mi mariposa acabe efímera en su sueño de volar.








Miércoles 8 de abril.

Voy a olvidarme del mundo el viernes. Como ayer, en el receso mental.
Me duele la garganta ahora, pero qué importa, hay que gritar no más.

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