Hubo un nubarrón en sus ojos cuando llegó a la casa. Hubo silencio, gritos, y más silencio. Y el silencio provenía sólo de ella. No habían palabras para dar vuelco a todo lo que le pasaba por la cabeza. Cómo la gente te brinda momentos, y cómo otra gente te los arrebata. Como una bofetada en plena risa. Las lágrimas nunca tardan en aparecer cuando le hablan así, cuando la tratan así. Tenía miedo; hicieron que le regresara el miedo, que dudara de seguir. Se levantó en silencio, sin más rodeos, sin querer escuchar más los efectos nocivos que veía venir sobre su cuerpo, sobre su mente. Pero le corroía la frialdad con que le habían alzado la voz, le dolía ser tan vulnerable. La misma pregunta. ''Por qué?''. No entendía porqué tenía tanto poder sobre ella, cómo con unas palabras era capaz de desgarrarla de ese modo. Desgarrar su alma, desgarrarle los pensamientos y las ilusiones de un porvenir. Una palabra todavía le resuena en la cabeza, le da vueltas el mundo. Le corta las alas y la deja ahí tirada. Aunque quiera salir nadie va a venir a por ella, sabe que esas cosas se le pasan solas. Se las arregla para que no se note, pero sus ojos no van a mentir. Su mente la traiciona y le ha hecho pensar que no vale nada, que nada vale lo suficiente, que nunca va a ser ella suficiente para nadie. Se tiene lástima, se abraza y consuela. Se ha cansado de sollozar, se cansó de preguntar. Sabe que tendrá que seguir sola, tal y como ha empezado. Por ella y por nadie más. Su egoísmo tiene fundamentos que la gente llama martirización. Pero ha echado a la gente de su lado, a toda la gente. Muy pocos quedan. Y precisamente los que quedan no son los que la quieren consolar, son los que la despejan. Los que le hacen sonreir, los que a la vista, le hacen mejor. A quién le importa el interior, el interior es tuyo y de nadie más, tontita.

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