Borrador - 03

No sé cuánto tiempo pasé en lo mismo, cuánto tiempo pasó hasta que la relación se torció al punto de hacerse real. No me dí cuenta de estar viviendo lo que vivía hasta una noche en particular. 

Es muy fácil mentir por teléfono o por chat. Yo no hice tal cosa y conté a mi interlocutor todos mis problemas. Ahora supongo que podría haber utilizado eso a mi favor: él sabía lo que estaba pasando conmigo, conocía mi debilidad, mis problemas, todo lo que pensaba de lo que estaba haciendo. Tracé un plan y él hizo caso omiso de mis amenazas por cumplirlo. Creo que es algo que todas las personas que me rodeaban hicieron: ignorar cada una de mis palabras, como si fueran tan surrealistas que jamás me harían chocar con lo que de verdad iba a suceder después. 

Desconozco cuántas veces sucedió. Lo que sí sé es que, por mi culpa, tengo desagradables sentimientos hacia la estirpe humana y lo que pueden hacer solo con el afán de aprovecharse de una situación en particular. El beneficio era simple, yo era una presa dispuesta a satisfacer cualquier enfermo deseo, pero elegí solo un victimario para llevarlo a cabo. Casi podría decir que lo seleccioné por sus características, o al menos, las que creía que eran sus verdaderas características: treinta y cinco años, padre de familia, separado de hecho pero viviendo en la casa de su mujer e hijas por no hacerles daño a las pequeñas. Inventé que era un pretendiente y que estaba feliz. La mentira era perfecta y si no se la creían, jamás resultó hacer reaccionar a nadie para averiguar la verdad. Y esa verdad es, sin duda, mucho más difícil de digerir. El tipo tenía posiblemente más de cuarenta y dos hijas menores de las que abusaba. 

Los pensamientos y discusiones que tuve conmigo misma antes de llevar a cabo el plan fueron infinitos. Siempre he pensado más de la cuenta, pero en este caso, siempre llegaba a la misma conclusión: tenía que hacerlo porque era el peor, porque podría hacerme despertar, o en caso contrario, era un hombre capaz de matarme. Ninguna de las dos funcionó. Me vi enfrascada una y otra vez en un lío, en un auto con un desconocido, sin salida. Si bien el tipo tenía un acento amable y jamás me insultó, recorrió la delicada línea que trazan los demonios sobre los aquejados. Me desprendió de mi fortaleza y llegó al límite de manipularme para conseguir lo que quería sin que yo expresara una queja. Pude sentirme humillada en el acto, pero la verdad es que no sentí aquello sino hasta cuando me presenté en la consulta y vomité un par de palabras para sumergirme en un llanto incontenible que corté con un "no quiero hablar nunca de eso". El señor D comprendió, y jamás volvió a preguntar. Jamás lo he pronunciado conscientemente. Recuerdo haber llorado ante el computador o en la casa de una amiga, tratando de balbucearlo después de un tiempo. No conseguí aliviarme y mi mente decidió que era mejor bloquearlo. 

No sé quién era. No sé cómo se llama. No sé dónde vive y estuve en su casa. No sé cómo lo terminé. No sé qué hizo conmigo. No lo recuerdo. 




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