Borrador - 02
Al inicio de todas las terapias psicológicas, quien está realizando el ingreso llena un formulario con preguntas que realiza al futuro paciente. Las preguntas son básicas, pero avanzan hasta un espacio en blanco en el que se dibuja un esquema de la familia y sus relaciones. De ello, muchas conclusiones lógicas surgen con solo mirar el dibujo. El dibujo que hizo el señor D hace cinco años era exactamente igual que el último que la terapeuta ocupacional construyó para mí hace unas semanas.
Mi familia cercana solo son cinco personas, no cuento con nadie más si algo me pasa a la vuelta de la esquina. Es un poco duro, pero si bien son pocas personas, sé que no estarían allí de inmediato si algo me pasa. Tardarían horas en despegarse de sus asuntos antes de correr tras de mí. No es una exageración. Creo fervientemente que las relaciones dentro de nuestra pequeña familia son solo un nombre, una etiqueta que hay que tener para recibir la aprobación del resto de la sociedad, pero poco se acercan a una relación familiar ideal o al menos pasable.
Hay otras dos personas que viven cerca, pero la relación está resquebrajada en mil pedazos y no por mi causa. Mi madre se autoexilió de su familia, apartándose cuando descubrieron que mentía por montones. No podía -y aún no puede -superar esa pérdida, conflicto en el que sola se metió y del que aún no quiere salir.
No recuerdo ni una sola sesión en la que me haya acompañado y haya conversado con el señor D. Supongo que se dio la primera vez, cuando estaba demasiado afectada como para recordar nada, pero no se mantuvo. Estuve hospitalizada un tiempo para evitar que me autolesionara, y prohibieron el ingreso a mi madre los primeros días. Solo entraba a la sala para preguntarme por qué le estaba haciendo todo esto, por qué no quería estudiar, por qué no hacía un esfuerzo. Jamás le contesté, pero las evidentes reacciones posteriores a que abandonara el hospital hicieron creer al señor D que mi madre hacía mejor en continuar con su vida y olvidarse de que tenía una hija al borde del suicidio o aceptar que nada iba a solucionar tratándome de ese modo. Ella continuó por la primera opción. Eso, hasta que mi padre viajó para visitarme y entonces ella volvió para llenar mis cajones con chocolates, contactarse con las personas que se suponía que podrían ayudarme -dícese, mis amigos -y plantarse con su otra careta ante el psicólogo, que para ese entonces solo me decía que la ignorara, que claramente estaba loca.
Hoy, a cinco años casi exactos de entonces, mi madre ha vuelto a tener la misma discusión de antaño con mi abuela. El mismo escándalo, las mismas frases hechas. La misma actitud.
Cometí el error de desenmascararla ante mi padre. Es ese el único motivo por el que él no aguantó más y se largó para siempre. El infierno para él se terminó. No puedo hacer lo mismo para confesar las mentiras que descubrí todos estos años a todas las demás personas que confían en ella. Me costó pasar meses fuera de casa, sus arrebatos de violencia, su odio permanente. No tengo dónde ir si me vuelve a correr.
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