Borrador - 01

Pensé que todo lo que haría probablemente sería un error que iba a lamentar. No por siempre, jamás se me ocurrió que las consecuencias iban a ser parte de un siempre. Que iba a recordarlo una y otra vez. Solo sabía que era un error, que iba a tener que pagar por él en algún momento. A diferencia del pequeño error que pensé que iba a ser, resultó que aún hoy, cinco años después, sigue persiguiéndome como el peor pozo sin fondo en el que pude haber caído.


Tenía 19 años. Considerada mayor de edad, pero, por cierto, emocionalmente inmadura. Había atentado muchas veces contra la idea que yo misma tenía de mí. Creí que a nadie iba a importarle, asunto que comprobé luego y que aún me da qué pensar. Las personas que conozco jamás creyeron un ápice de lo que yo contaba. Y en realidad, solo conté un ápice. No iba a contar más después de comprobar que no iba a ser una manera de conseguir ayuda. 

No soy muy dada a la tecnología. No aprendí a utilizar muchos programas que tiene mi computador hasta pasados los veintitrés, pero siempre fui llamada por los chats y los programas de mensajería instantánea. Cuando pude obtener un celular ya iba en enseñanza media. La novedad suscitó en mí volver a adentrarme en conocer desconocidos y plantearme mil oportunidades de mostrar otra identidad. Pese a ello, nunca mentí. Pude ocultar o inventar, pero nunca lo hice. ¿La razón? No iba ahí a mentir, a tratar de convencer a alguien de que yo era de otro modo. No importaba; esa gente no me conocía ni lo haría jamás. 

No recuerdo si lo mencioné antes o después en la terapia. Iba al centro de salud mental del hospital público desde que mi madre me llevó a la rastra y me obligaran a referir toda la basura que había acumulado en los últimos años. Ese día teníamos que llevar papeles a la universidad, para renovar beneficios de arancel. Todo lo que yo pensé antes de ponernos en marcha era que no quería ir más a clases, que me importaba poco lo que pasaba si no llevaba los papeles. Tampoco recuerdo cuántas pastillas tomé. Media hora arriba del bus bastó para que sintiera el desagradable efecto de los fármacos balanceando mi conciencia y mi estómago. Cuando me levanté y pronuncié "me siento mal" ya era demasiado tarde. Vomité solo un poco a un lado del camino, procurando no oír las palabras que mi madre vomitaba a su vez sobre mí. Tampoco hubiese podido recordarlas. 

No sé cuántos días pasaron hasta que empecé a contarle aquellos asuntos al señor D. El señor D era un hombre de no más de treinta y cinco años, moreno, de cabello lacio y negro hasta los hombros. Vestía camisas y pantalones de cargo. Usaba bigote y barba corta en los que en realidad nunca me fijé, hasta ahora. 

Siempre sentí recelo contra los psicólogos. En realidad era un desconocimiento absoluto sobre lo que la profesión significa: no conocía a ninguno. Sabía que mi abuela se trataba en el mismo centro y que mi madre había sido derivada con psiquiatras hacía más de diez años, pero en ese momento yo no sabía nada sobre médicos de salud mental. Lo más cercano era una compañera de curso que había optado por esa carrera, pero entonces solo iba en segundo año y no hablábamos demasiado; lo justo y necesario que se podía decir por messenger. Como solía ser, yo no hablaba mucho con nadie. Cuando empecé a hablar, no había nada que alguien pudiera decir para ayudarme. 

Su voz era muy tranquila, del tipo que todos los psicólogos debiesen tener. El poder de calmarte en poco tiempo solo con pronunciar un par de palabras. Las personas suelen alterarme con su parsimonia, pero sucedía todo lo contrario cuando quien dirigía el sermón era él. Jamás comencé una sesión. Jamás quise hablar en realidad. Acepté tomar la terapia voluntariamente, porque en el fondo de mí sabía que de no hacerlo, iba a matarme. Y aunque la idea no se salía de lo que esperaba que fuera mi vida, seguía sintiéndome humana, por ende, quería sobrevivir. Aunque no sabía que la tempestad que había hecho llover sobre mí misma era tan soberanamente grande. En fin, el señor D sabía cuándo hacerme una pregunta, cuándo detener un tema, cuándo callar y cuándo pasarme la caja de pañuelos antes de hacerme llorar. En definitiva, parecía leerme. Y aquello, en esos momentos, resultó mucho mejor que lo que yo trataba de hacer conmigo misma para comprenderme. No es que en realidad pudiese leer mis pensamientos, pero sabía cómo hacer que dejara de pensar en lastimarme. Conocía las citas y las frases que podían detener mi cerebro y hacerlo funcionar al revés. Pero la sensación de calma era solo momentánea. Ya estaba bien hundida. 

Cuando se lo dije, sentí cómo se desprendía la imagen mental que yo misma tenía de mí. Fue como si me despellejara y me dejara en carne viva sobre la mesa, voluntariamente. No podía parar de llorar. Lo que más hice en la pequeña consulta fue llorar. No hablé cuando me ingresaron; me limitaba a llorar y asentir o negar con la cabeza. Creo que el señor D es la persona que más me ha visto llorar en toda mi vida. 





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