de nuevo.
Y bueno, el médico tenía más cara de loco que yo. Cuando entré lo primero que vi fue una lata de Coca-Cola que presumidamente se puso a beber como si yo no estuviese ahí, después de resoplar como si atenderme fuese la peor cosa del universo que podía ocurrirle un día miércoles por la tarde. Como si quisiera estar en las Bahamas tomándose la lata, sin tener que seguir escuchando quejas y dolores de pacientes ancianas y depresivas.
Cuando vi eso lo único que se me escapó fue "parece que está disgustado con atenderme o no quiere que yo esté aquí". Enseguida cambió el tonito y comenzó a preguntarme con una actitud bastante vacía todo lo que andaba mal. Cuando resumí el todo, resumió él lo que probablemente yo ya sabía, resumió un par de experiencias pasadas y resumió un tratamiento estándar para lo que anotó como trastorno importante de ansiedad y depresión severa.
Y heme aquí con una dosis de lorazepam sublingual para crisis de pánico, dosis que no me ha hecho absolutamente nada.
Al menos ya no tengo ganas de joderme por hoy. Estoy cansada, lloré mucho y llovía afuera. Hace frío y mañana tengo que poner cara feliz porque regresaré a clases. Tengo que hacerlo.
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