Ahora sólo lloro cuando tengo pena, o cuando la rabia y el cansancio me supera.
No lloro por amor, ni por desilusión. Esa mujer débil se la llevó mi pasado de mierda, se fue con toda esa porquería, y por mucho que deseen los fantasmas arrastrarme con ellos de nuevo, ya no tengo nada qué hacer allá, porque ya no tengo nada qué perder. Se comieron todo lo bueno que podía quedar de mí.
Ahora lo que soy, es reconstruido.
Mi esfuerzo ha de valer algo...

Comentarios