Nocturna. (fragmento)





Sus manos frías y temblorosas deseaban juntarse dentro de los bolsillos de su delgadísima chaqueta. Casi medianoche y ella en una ciudad desconocida, aplacada por el hielo de la noche. Podía sentir que lloviznaba aunque no fuera de verdad, la sensación de frío era tal. Había vagabundeado muchas horas, improvisando un motivo para estar ahí, evitando la verdadera razón. Y ni siquiera se lo preguntaba, sólo era, sólo estaba. Lo que pasara después era casi tan sinsentido como el haber arrancado de tal manera la inocencia que aún podía sostener entre las manos, que aún podía defender. Con el cuerpo desunido de frío buscó entre las casas a oscuras algo que pudiera servirle de techumbre. Un viejo chalet, una escalera hasta la puerta, oscura como una cueva. Un farol trataba de iluminarle la cara y ella por la sola vergüenza se cubría con la negrura. Cuánto deseaba en el fondo volver. 
Largo tiempo y al fin pudo separarse de la escalera en la que sus piernas buscaban calor. Sentía miedo hasta que se levantó con decisión y caminando como le permitieran sus fríos pies llegó hasta la plaza. Miraba de cuando en cuando hacia atrás, casi segura de que alguien venía siguiéndola. Pero la sombra se escabullía. Casi corría cuando la alcanzó el automóvil que la conduciría a la perdición. Entre las manos del hombre que le sonreía al volante estaba ahora su destino. 


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