Pesadilla.
La primera casa, esa tan rechica para todos nosotros. Cuando éramos chicos ni se notaba, pero como crecíamos y en mi pieza no había más espacio ni para meter una aguja, la desechamos, con todo el rigor que a mi padre le dolió tanto y hasta el día de hoy recrimina. No quisimos su casa, la casa que él arregló para nosotros.
Padre, hoy pues, ha aparecido tu casa en mi subconsciente. Ese baño enano, apenas cabía uno de pie, apenas cabía yo ahora, tratando de sostenerme por un motivo inaparente y vomitando sangre y más sangre ante la desorbitada presencia de mi madre.
Volví en mí por un instante, presa del terror angustioso, ese que en tu casa me hacía tener pesadillas quizá parecidas y de las que tenía que bajar mi hermano del camarote para remecerme y despertarme, de otro modo me ahogaba. ''Otra pesadilla, se me va a olvidar.''
La travesía a Brasil de este año se llevó a cabo con los de industrial, tal y como nos habían mencionado ellos. Cerros, amarillos arbustos -sí, tengo la capacidad de recordar colores en mis sueños. ¿Los arbustos amarillos no son muy rebuscados en mi vida como para asignarles ese color en mi memoria?- y un ánimo abismante. Alegres, correteando, en grupos. Reconozco entonces la figura de Begoña, menuda y brillante, todos se reúnen y deciden una actividad seguramente para comenzar el día. Un ''nosotras queremos hacer yoga. ¿Hagamos yoga?'' nos aparta de los demás y entonces me pierdo de nuevo.
Estaba con alguien en aquel despacho, además de mi hermano. Una oficina azul, plagada de libros y papeles. Recojo de un estante alto un libro conformado por miles de libros más, su alto era como de medio metro y dentro de las tapas se agrupaban libros amarrados con cintas. No pude abrir ninguno. Mi hermano hablaba por celular, que nos vinieran a buscar. Buses, un extraño terminal que siempre se me repite en los sueños.
Sola en el despacho, camino, celular en mano, mi hermano me lo había pasado luego de una mueca extraña y lágrimas en los ojos. Yo ya estaba llorando, algo había pasado antes.
Mi madre no me dijo casi nada. ''El Bobby, en medio de la calle, -hice una imagen en mi mente, la calle entierrada de la casa anterior- alguien lo mató, lo pusieron ahí, estaba puesto, en una estaca.''
Lloré, escuchaba mi voz mientras me ahogaba con mi llanto. ''Quiero irme de aquí, ven a buscarme.''
''No se puede.''
Mi índice de la mano izquierda luce hoy un parche improvisado, no pude detener la sangre de otra manera. Debo haber empuñado demasiado, porque faltaba un pedazo esta mañana en mi mano sangrante. Detesto tener pesadillas, más aún recordarlas, porque sé que nunca olvido las que mi memoria se asegura de grabar. En ellas, mi madre siempre me habla llorando. Dice que no puede venir por mi.
Padre, hoy pues, ha aparecido tu casa en mi subconsciente. Ese baño enano, apenas cabía uno de pie, apenas cabía yo ahora, tratando de sostenerme por un motivo inaparente y vomitando sangre y más sangre ante la desorbitada presencia de mi madre.
Volví en mí por un instante, presa del terror angustioso, ese que en tu casa me hacía tener pesadillas quizá parecidas y de las que tenía que bajar mi hermano del camarote para remecerme y despertarme, de otro modo me ahogaba. ''Otra pesadilla, se me va a olvidar.''
La travesía a Brasil de este año se llevó a cabo con los de industrial, tal y como nos habían mencionado ellos. Cerros, amarillos arbustos -sí, tengo la capacidad de recordar colores en mis sueños. ¿Los arbustos amarillos no son muy rebuscados en mi vida como para asignarles ese color en mi memoria?- y un ánimo abismante. Alegres, correteando, en grupos. Reconozco entonces la figura de Begoña, menuda y brillante, todos se reúnen y deciden una actividad seguramente para comenzar el día. Un ''nosotras queremos hacer yoga. ¿Hagamos yoga?'' nos aparta de los demás y entonces me pierdo de nuevo.
Estaba con alguien en aquel despacho, además de mi hermano. Una oficina azul, plagada de libros y papeles. Recojo de un estante alto un libro conformado por miles de libros más, su alto era como de medio metro y dentro de las tapas se agrupaban libros amarrados con cintas. No pude abrir ninguno. Mi hermano hablaba por celular, que nos vinieran a buscar. Buses, un extraño terminal que siempre se me repite en los sueños.
Sola en el despacho, camino, celular en mano, mi hermano me lo había pasado luego de una mueca extraña y lágrimas en los ojos. Yo ya estaba llorando, algo había pasado antes.
Mi madre no me dijo casi nada. ''El Bobby, en medio de la calle, -hice una imagen en mi mente, la calle entierrada de la casa anterior- alguien lo mató, lo pusieron ahí, estaba puesto, en una estaca.''
Lloré, escuchaba mi voz mientras me ahogaba con mi llanto. ''Quiero irme de aquí, ven a buscarme.''
''No se puede.''
Mi índice de la mano izquierda luce hoy un parche improvisado, no pude detener la sangre de otra manera. Debo haber empuñado demasiado, porque faltaba un pedazo esta mañana en mi mano sangrante. Detesto tener pesadillas, más aún recordarlas, porque sé que nunca olvido las que mi memoria se asegura de grabar. En ellas, mi madre siempre me habla llorando. Dice que no puede venir por mi.
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