De anoche.
El aroma del café se ha impregnado en éstas, las paredes de mi habitación. La taza aún humeante reposa sobre la mesa que suele ser mi escritorio para las eternas láminas de la universidad, llena de carpetas de documentos importantes, bocetos a medio terminar, hojas en blanco que jamás fueron empezadas. Lápices desparramados y uno que otro ensayo para los discursos. Todo allí, intacto, aguardando que mi voluntad de ordenarlos nuevamente aparezca y los esconda del mundo exterior a mi cuarto. Mi madre habla siempre del olor a diluyente, del frío que hace siempre aquí. Yo ya no lo percibo.
Mi taza se ha enfriado, y ya no escucho más que el teclear desesperado de mis dedos tiznados de ceniza -para encender lo que quede de calor en este hogar- y el impaciente tic tac de un reloj adelantado. El tiempo se consume rápidamente estos días, es como si no pasara.
Aún cuando no has mencionado una palabra para que yo pueda oir tu voz, la grabo como un eco dentro de mi. Has dicho que no suena bien, y yo no he encontrado nadie que hable con la sutileza con la que remarcas cada palabra tuya, que hago mía en el recuerdo. Estás inmóvil, presente. Sobre la mullida almohada descansan tus cortos y finos cabellos, y siento tu mirada en mi espalda, llamándome y contando las horas que te hago pasar sin atender a ese llamado. No me hablas, pero te escucho.
No sé por qué he de imaginarte a pesar de la oscuridad.
Hace frío; la taza se ha hecho hielo al roce de mis dedos. Temo estar así de fría, de romper la calma de tu descanso allí desde donde me observas. No seré yo quien vaya a quebrar la pasividad de lo que debería ser tu sueño.
Pero mis pulsaciones se han alterado y escucho tus pasos quejumbrosos sobre la madera. Me vienes a buscar, y yo no pienso ir aún...
Me obligas a creer entonces que es en verdad mi necesidad.
Te arrastras conmigo aquí en el frío, y ya no tengo excusas para no llevarte de vuelta a la cómoda calidez en la que te hallabas, no puedo dejar que ocurra.
Decido entonces oir, tu real e imperante murmullo. Tú no maldices, me dejas ese trabajo a mi. Pero si omites, y creo que puede ser más doloroso. Sé que me levantaré y tendré que acurrucar tu egoísmo hasta que te duermas. Es posible que me acurruque, con mi orgullo, entre la melodía de tu respirar, y es casi improbable a la vez que despierte antes que tú.
Mi taza se ha enfriado, y ya no escucho más que el teclear desesperado de mis dedos tiznados de ceniza -para encender lo que quede de calor en este hogar- y el impaciente tic tac de un reloj adelantado. El tiempo se consume rápidamente estos días, es como si no pasara.
Aún cuando no has mencionado una palabra para que yo pueda oir tu voz, la grabo como un eco dentro de mi. Has dicho que no suena bien, y yo no he encontrado nadie que hable con la sutileza con la que remarcas cada palabra tuya, que hago mía en el recuerdo. Estás inmóvil, presente. Sobre la mullida almohada descansan tus cortos y finos cabellos, y siento tu mirada en mi espalda, llamándome y contando las horas que te hago pasar sin atender a ese llamado. No me hablas, pero te escucho.
No sé por qué he de imaginarte a pesar de la oscuridad.
Hace frío; la taza se ha hecho hielo al roce de mis dedos. Temo estar así de fría, de romper la calma de tu descanso allí desde donde me observas. No seré yo quien vaya a quebrar la pasividad de lo que debería ser tu sueño.
Pero mis pulsaciones se han alterado y escucho tus pasos quejumbrosos sobre la madera. Me vienes a buscar, y yo no pienso ir aún...
Me obligas a creer entonces que es en verdad mi necesidad.
Te arrastras conmigo aquí en el frío, y ya no tengo excusas para no llevarte de vuelta a la cómoda calidez en la que te hallabas, no puedo dejar que ocurra.
Decido entonces oir, tu real e imperante murmullo. Tú no maldices, me dejas ese trabajo a mi. Pero si omites, y creo que puede ser más doloroso. Sé que me levantaré y tendré que acurrucar tu egoísmo hasta que te duermas. Es posible que me acurruque, con mi orgullo, entre la melodía de tu respirar, y es casi improbable a la vez que despierte antes que tú.
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